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27 julio 2007

"El barón rampante" o cómo encontrarse ante una lectura sorprendente

Italo Calvino
El verano es una estación curiosa, ya que durante el período de vacaciones uno puede emplear el tiempo para sus vicios o para sus costumbres. Yo, la verdad, tengo pocos vicios, aunque el de la lectura me absorbe tanto que vale por otros más de moda. Sin embargo, cuando llegué a casa de mis padres para compartir con ellos mi descanso y me puse a registrar concienzudamente sus estanterías y las mías con el objeto de hallar el libro perfecto, descubrí con cierta desilusión que ningún título me atraía especialmente (y no porque pertenecieran a autores de baja calidad). Esto quizás le sorprenda a la gente que elige un libro con facilidad, pues yo soy de esas que se deja engatusar por un título según el estado emocional. Así pues, algo triste, me topé con El barón rampante de Italo Calvino.

Sí, he dicho bien al utilizar el verbo topar, porque me encontré la obra de forma casual, entre el desorden de una estantería repleta de obras, unas dispuestas verticalmente, otras de forma horizontal y las menos aprovechando cualquier recodo. Puedo manifestar que la experiencia ha sido maravillosa: por un lado, ha satisfecho mis expectativas en tanto a su calidad literaria; pero, por otro, el que yo más anhelaba, me ha devuelto la sensación de conmoción ante lo inusitadamente original. Su originalidad no reside en el argumento lineal, ni en la estructura ni en el manejo de los recursos literarios por parte de su autor; lo original se vertebra en su protagonista, Cosimo, un niño que, ante la insistencia de su padre en que coma caracoles, se sube a un árbol con la promesa y convicción de vivir hasta su muerte entre la espesura del valle de Ombrosa. A partir de este personaje, Italo Calvino plantea temas morales y vitales variados, sin tapujos, desde un estilo ajeno a esta actualidad cultural tan políticamente correcta e hipócrita, en una atmósfera que mezcla fantasía, realidad y fábula.

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