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04 mayo 2008

M. C. Escher (1898-1972)

El otro día, por la calle, se me ocurrió una de tantas extrañezas que brotan de mi cerebro. Esta consistía en admirar la calle buscando formas geométricas, es decir, fijándome en su composición. Y esto acaeció porque en una librería de esta ciudad vi un libro sobre Escher, el fabuloso Escher, a mitad de camino entre el arte y la ciencia.

Hace más de un año, asistí a una exposición sobre este artista en Madrid. La verdad es que la exposición fue tremenda, tanto por las obras como por la propia estructuración de la galería, ya que te sentías dentro de uno de los cuadros del autor. Lo real y lo imaginario confluyeron de tal forma que, durante ese hermoso tiempo en el que allí disfruté, me ubiqué en una geometría eterna, imposible, pero palpable. Quizás haya sido una de las mejores exposiciones a las que he tenido el gusto de asistir.

La distribución de las obras de Escher seguía la protocolaria genealogía de los dibujos: desde los comienzos hasta la culminación de un estilo que es, gracias a Dios o a quién sea, inclasificable (digo que gracias, porque me hartan demasiado las catalogaciones y las globalizaciones).


Si atendemos a sus obras, existe una obsesión por la perspectiva con la que se capta el espacio. Sí, el punto de vista. De esta manera, edificios, personas, animales, objetos, se convierten en realidades ópticas que estallan en múltiples percepciones e, incluso, en ocasiones, en su descomposición, en la nada, en el simple trazo. Todo ello expresado, primeramente, con el negro y el blanco y, luego, con un mayor cromatismo.

Dejando de lado lo puramente formal, como admiradora de las vanguardias y de la Vanguardia, me enamoré de Escher, sin estarlo previamente, y me hace pensar en que, aunque es un pintor conocido, no se sitúa entre los Grandes del Arte, con mayúsculas, quizás por el hecho de que a muchos artistas se les ha atribuido el título de menores dentro de su género, simplemente, porque experimentaron con lo inexperimentable: la ruptura con lo Clásico y su reinterpretación dentro de un siglo marcado por dos Guerras Mundiales, cuyas consecuencias, cuanto menos, provocaron una nueva lectura de la existencia humana. De hecho, esa nueva lectura, a mi parecer, ha propiciado un abanico de lecturas y de relecturas sobre el siglo XX y comienzos del XXI, que se descomponen
al ritmo del eterno re-encuentro vertiginoso, debido al avance imparable de las tecnologías.

Si deseas saber más sobre este autor y su obra, te aconsejo que visites esta página: www.mcescher.com.




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