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15 junio 2008

Leyendo "La educación sentimental" de Flaubert o sobre la oportunidad que se esfumó como el humo de una chimenea en invierno

Viajó.

Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos desper­tares bajo la tienda de campaña, el aturdimiento de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las simpatías interrumpidas.

Volvió.

Frecuentó la sociedad y tuvo otros amores. Pero el recuerdo continuo del primero los hacía insípidos; y además había perdido la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación. Sus ambiciones intelectuales también habían disminuido. Pasaron los años, y soportaba la ociosidad de su inteligencia y la inercia de su corazón.

Hacia fines de marzo de 1867, al caer la noche, cuando estaba solo en su despacho, entró una mujer.

-¡Señora de Arnoux!

-¡Federico!

Ella le tomó las manos, lo llevó suavemente hacia la ventana y lo contempló mientras repetía:

-¡Es él! ¡Es él!

En la penumbra del crepúsculo Federico sólo veía sus ojos bajo el velete de encaje negro que le cubría el rostro. Después de depositar en la repisa de la chimenea una carterita de terciopelo granate, la señora de Arnoux se sentó. Ambos se quedaron sin poder hablar, sonriéndose mutuamente. [...]

Salieron. La luz de las tiendas iluminaba a intervalos su perfil pálido; luego la oscuridad la envolvía de nuevo; y entre los coches, la multitud y el ruido caminaban sin distraerse de sí mismos, sin oír nada, como los que se pasean juntos por el campo sobre una capa de hojas secas. Recordaban los días de otro tiempo, las comidas en la época de El Arte Industrial, las manías de Arnoux, su manera de tirar de las puntas de su cuello postizo, de aplastarse el bigote con cosmético, y otras cosas más íntimas y profun­das. ¡Qué arrobamiento había sentido él al oírla cantar por primera vez! ¡Qué bella estaba el día de su onomástico en Saint-Cloud! Federico le recordó el jardincito de Auteuil, las noches en el teatro, su encuentro en el bulevar, los criados antiguos y la negra.

Ella admiraba su memoria, a pesar de lo cual le dijo:

-A veces sus palabras me llegan como un eco lejano, como el sonido de una campana traído por el viento, y me parece que está usted presente cuando leo pasajes amorosos en los libros.

-Todo lo que en ellos se censura como exagerado me lo ha hecho sentir usted -dijo Federico-. Comprendo que a Werther pueda no empalagarle los dulces de Carlota.

-¡Pobre amigo mío!

Suspiró, y tras un largo silencio, añadió:

-No importa; nos hemos amado mucho.

-¡Sin poseernos, no obstante!

-Acaso haya sido mejor.

-¡No, no! ¡Qué dichosos habríamos sido! [...]

Cuando volvieron, la señora de Arnoux se quitó el sombrero. La lámpara, colocada sobre una consola, ilumi­nó sus cabellos blancos. Fue para Federico como un golpe en pleno pecho.

Para ocultarle esa decepción se sentó en el suelo junto a las rodillas de ella, y asiéndole las manos, comenzó a decirle palabras afectuosas. [...] Ella aceptaba extasiada estas confesiones apasionadas dedicadas a la mujer que ya no era.


Fragmento de la Educación sentimental de G. Falubert
(fuente: librodot)

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