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10 julio 2008

In viam sedere: buscando datos

Hoy me levanté con el propósito de realizar una búsqueda sobre el pasado. No sabía muy bien a dónde me iba a llevar, pero lo que tenía claro es que intentaría conseguir datos con ganas.

De este modo, conduje hasta un pueblito de mi provincia. La carretera estaba en pésimas condiciones: baches, ausencia de señalización, obras, etc.; sin embargo, en vez de preocuparme por eso, me fijaba en el paisaje, que otras veces había contemplado cuando mi padre llevaba su coche y yo era su copiloto.

Al llegar al pueblo, lo primero que divisé, en un alto, fue la iglesia y, bajo esta, se ubicaban las distintas viviendas. Fui recorriendo despacio las calles, hasta que pregunté a un trío de ancianos dónde se encontraba el ayuntamiento. Amablemente me contestaron y allí llegué.

La casa consistorial estaba cerrada. Me desilusioné un poco, sobre todo porque recordé que mi madre, una hora antes, aproximadamente, me había advertido de esa posibilidad. Frente a mí, que ya estaba mirando hacia el coche desde arriba de las escaleras, apareció un hombre y le pregunté si sabía el horario de atención. Me contestó que el alguacil volvería pronto, así que me senté en las escaleras a esperar.

Mientras esperaba, continué una carta que había empezado días atrás. Me sentía emocionada por ser útil en la búsqueda de datos sobre los antepasados de una amistad. Mas, por otro lado, temía defraudar y no lograr ni siquiera una pequeña información. Pero, de repente, aparecieron la secretaria y el alguacil del ayuntamiento.

Una vez que entramos en el edificio, le expuse mi motivo de visita. El alguacil, especializado en la historia de la pequeña localidad, me atendió cortésmente. Estuvimos buscando datos sobre los familiares durante un tiempo. Al tener las actas del siglo XIX en mis manos, me quedé paralizada unos instantes, pues era como regresar al pasado para unirlo a mi presente.

Con las fotocopias en mano, fui a casa de una señora para que me abriera la iglesia del pueblo. Ella, junto con otra, eran las encargadas de tal cuestión. Llamé dos veces y oí una voz, por lo que, osada, empujé la puerta y comenté en voz alta, desde la entrada, la posibilidad de contemplar la iglesia por dentro. La mujer, dispuesta, salió con una llave antigua y me acompañó hasta el templo. Allí estuve un rato, sacando fotos, mientras la señora me contaba asuntos relacionados con el pueblo.

Y con las fotocopias y las fotos me subí a mi coche. Respiré hondo. Activé el reproductor de música y volví a la ciudad escuchando Sueño Stéreo.

A los que abandonan su lugar de nacimiento en busca de una vida mejor

Y a ti

1 comentario:

  1. Me asombra cómo hacé para convertir todo en un relato maravilloso.
    qué envidia me da esa amistad, por la que haces tantas cosas
    Pasala muy muy bien.
    besos

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