Actualmente escribo en oliviavicente.com. No obstante, el lector es bienvenido a este espacio y, por tanto, sus comentarios y sugerencias serán tenidos en cuenta.

22 septiembre 2008

El Ángel Eléctrico

- Dame una moneda de euro, que no tengo para cambiarte.
- Toma. Tienes suerte, porque es la única que me queda. Me escasea lo suelto- extendió un brazo con la moneda en la palma abierta.
- Sí, sí. Con esto hace el euro. Que pases un buen día, maja.
- Gracias. Venga, hasta luego.
- Adiós.
Helena se alejó paulatinamente del kiosco. Por el camino se cruzaba con los viandantes que paseaban por el parque y aprovechaban la mañana del domingo, el primer domingo de otoño.
Más adelante, algo apartada del bullicio de los chiquillos que jugaban al balón, se sentó en un banco y sacó el libro del bolso con la intención de leer un rato hasta la hora de la comida. Pero antes envolvió bien el pan y lo apoyó sobre la madera.
El chirrido de los columpios, el griterío de la marabunta infantil, el trinar de los pájaros, las conversaciones diluidas en el aire..., todo la distraía de la lectura, así que levantó la mirada de la página, cerró el libro, sacó una hojita de papel del bolsillo trasero del pantalón, agarró un bolígrafo y comenzó a garabatear unas palabras, algo incómoda por el punto de apoyo. Deseaba contar algo impersonal, pero el lugar la llevaba a los recuerdos y los recuerdos a una heladora tarde de primavera.
El otoño acababa de empezar. Las hojas de los árboles habían tomado un tono parduzco, alicaído, demasiado tostado por el sol. Pero aún estaba presente el estío en la temperatura y en la sequedad. En el cielo unas nubes se oscurecían y se compactaban, amenazando tormenta.
Helena dejó de escribir. No encontraba los términos apropiados. Se sentía torpe. Demasiado atada a los recuerdos. Por eso decidió intentar nuevamente la lectura. Mientras pasaba la vista por encima de las palabras, las imágenes del recuerdo se superponían y conseguían obstaculizar la interpretación.

Hacía unos meses que había sucedido allí, en un banco parecido a ese, en una tarde en semejantes circunstancias, mientras leía El amor en los tiempos del cólera. Estaba tan enfrascada en la lectura que no sentía el frío del banco, aunque los pantalones vaqueros no la aislaban de él. Ni siquiera percibió que a escasos centímetros una persona se había sentado con el mismo propósito que ella hasta que le pidió fuego.
- Lo siento, no fumo.
- Ah, bueno... En fin... Es que se me acaba de terminar el gas del mechero. ¡Qué suerte la mía!
Al cabo de un rato, advirtió el humo del cigarro y se fijó en el chico. El joven notó sus ojos y le devolvió la mirada:
- Perdona, ¿te molesta el humo? Lo siento... Al final conseguí encenderlo.
- No, no, tranquilo. Me gusta el olor a cigarro, aunque no fume.
El chico le sonrió. Helena observó sus ojos, verdes y marrones. El joven se ruborizó.
- Me he fijado que estás leyendo El amor en los tiempos del cólera. ¡Qué buen libro, de verdad! Me encantó.
- Sí, sí. Me está gustando mucho. De hecho, ni me he enterado cuándo te has sentado.
- Lo sé- le guiñó.
Se miraron unos segundos en silencio.
- Oye, mira, me llamo Ricardo. ¿Tú?
- ¡Ay! ¡Hola! Me llamo Helena.
Ambos dudaron en besarse. Al final, Helena le extendió una mano para que él la estrechara, pero Ricardo la atrajo hacia sí y le besó en las mejillas.
Estuvieron hablando durante largo rato. Anocheció. Las luces de las farolas les alumbraban ténuemente. Ricardo consiguió encenderse otro cigarro mientras se reían al compartir anécdotas. Helena observaba cómo se llevaba a la boca el tabaco, aspiraba el humo y lo exhalaba. Le gustaba el olor; le gustaba su forma de fumar. Sin embargo, empezaba a sentirse helada, tenía la piel de gallina. Por eso se incorporó del banco. Ricardo se dio cuenta de la reacción de ella.
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que vayamos a tomarnos un café y seguimos hablando?
Helena dudó en contestar, simplemente afirmó con la cabeza.
En la cafetería el calor enseguida penetró en sus pieles. Al principio, cuando se sentaron, Helena no sabía qué silla escoger, pues no quería mostrarse desconfiada, pero tampoco demasiado próxima. Optó por la neutralidad y se sentó frente a él. Ricardo pidió los cafés y se encendió otro cigarro con el mechero de la camarera. Le guiñó un ojo a Helena.
- Helena, te he visto más veces en el parque. ¿Vives cerca?
Ella se ruborizó y asintió.
- Yo también vivo cerca, junto al cole, ¿sabes?
La camarera trajo los cafés. Ricardo le acercó a Helena el suyo y le rozó la mano, la tenía helada, así que, espontáneamente, se la cogió entre las suyas:
- Estás helada...- le sonrió-. Helena..., eres muy hermosa, de verdad- se atrevió a confesar.
Ella bajó la cabeza ante esas palabras. No sabía dónde conducir su mirada, así que apartó la mano y jugó con la cinta del bolso.
- ¿Tienes hambre, Ricardo?
Él se sumó a la propuesta, así que pidieron unos dulces para acompañar el café.
En las mesas de alrededor la gente conversaba animadamente. Detrás de ellos, un grupo de cinco chicos bromeaba en alto y comentaba el fin de semana entre voces y risotadas. Helena y Ricardo mostraban complicidad con una mueca de asombro y diversión a la par que comían en silencio los pasteles. Cuando terminaron, Helena se excusó para acudir al cuarto de baño. A su regreso, su asiento estaba ocupado por un chico que hablaba con Ricardo. Ella se paró a la altura de la mesa:
-Helena, este es mi amigo Gustavo. Hacía un montón que no nos veíamos, lo menos quince días...
- ¡Hola, Helena!
- ¡Hola!
Como Gustavo no hacía intención de levantarse de la silla, Helena ocupó la silla junto a Ricardo. Escuchaba atenta la conversación entre los dos muchachos, que no cesaban de reírse y de recordar algún episodio cómico y un tanto ridículo de su experiencia en común. Al cabo de media hora, Gustavo se despidió y le recordó a su amigo que los ensayos del grupo de música continuaban después de los exámenes, así que le aconsejó que ensayase en casa.
- No sabía que tocases en un grupo- le comentó Helena cuando se hubo marchado Gustavo.
- ¡Ah, bueno, es mucho suponer eso de que sé tocar un instrumento!- se rió Ricardo-. En realidad, creo que lo aporreo... Bueno, dejando de bromear, tenemos unos amigos y yo un grupo, nada serio: tocamos de vez en cuando en los locales de algunos conocidos.
- ¡Qué bueno eso! ¿Y qué tipo de música?
- De todo un poco, pero sobre todo rock. Ahora andamos versionando canciones, o, mejor dicho, estropeándolas.
Ambos se rieron. Helena se mostró curiosa, por lo que Ricardo la invitó a que fuera a su casa, que estaba cerca, y allí le mostraría alguna canción del último repertorio. Ella aceptó, aunque azorada.
A unos pocos minutos de la cafetería estaba la casa de Ricardo. Era una vivienda vieja, de una sola planta, que pegaba a los muros del colegio. En realidad, la casa había pertenecido a su abuela, pero el joven la ocupaba desde que había muerto y así cuidaba la abundancia de plantas que se distribuían desordenadas en el jardín posterior a la casa. Pasando el jardín había una pequeña construcción en la que, tras desalojarla de trastos, Ricardo había colocado los amplificadores, la caja de música, el ordenador y una guitarra eléctrica y un bajo. Helena, al entrar allí, olfateó el olor de tabaco persistente y analizó el caos del habitáculo. Ricardo, en vez de incomodarse por la apariencia del lugar, se enorgullecía de sus pertenencias y se movía alegre entre las cosas. Le enseñaba con pequeñas explicaciones cómo repetía las piezas musicales y las grababa para verificar su ejecución. Como ejemplo le puso una canción que a Helena le sonaba, pero, al faltar la letra, no se atrevió a evocarla. Ricardo le propuso cantársela: agarró la Fender, se sentó en un taburete, encendió el equipo de grabación y se puso a vocalizar y a tocar la melodía. Helena enmudeció mientras se dejaba envolver por los acordes. A esta pieza le siguieron varias más, hasta que Ricardo se resintió de la garganta por el frío de la noche. Entonces apoyó la guitarra junto a Helena y se quedó mirándola a escasos centímetros. Una sonrisa generosa se dibujó en los labios del chico a la par que respiraba cansado por el esfuerzo realizado. Helena le imitó inconscientemente, pero su boca se cerró paulatinamente y su cara adoptó un gesto de placidez serena. En esos instantes Ricardo la besó con suavidad, saboreando sus labios, esos que siempre había visto desde lejos durante un período de tiempo que hasta ese día le había parecido próximo a la eternidad. La abrazó con fuerza y decisión. Ella sonrió mientras lo despojaba del abrigo. Ricardo separó su cara de la chica y se quitó el jersey y la camiseta. Helena también se apartó el espacio suficiente para desabrocharse la cazadora. Entre risas tímidas, Ricardo la ayudó a desnudarse y se alejó para examinarla atentamente de arriba abajo:
- Eres muy hermosa, Helena, mucho.
El calor invadió sus mejillas.
- Eres tan hermosa que no puedo creérmelo.
Sus manos se deslizaron por la piel de la joven con lentitud y dulzura. Helena adhirió su cuerpo al de Ricardo, también desnudo, y sintió que su respiración entrecortada se confundía con el aliento de él.

En ese banco, en la mañana de otoño, Helena recordaba todas esas imágenes con el libro en las manos. Su rostro mostraba cierta melancolía. Abrió la novela por la primera hoja y leyó en voz baja:
- Para Helena de Troya, con amor. Firmado: El Ángel Eléctrico.
Cerró la portada. Olió las hojas. Levantó la vista del libro. Sonrió: a unos escasos veinte metros Ricardo llegaba con su guitarra al hombro, protegida por la funda.
- Helena, siento llegar tarde. Los ensayos son así, nunca sabes cuándo acabarán.
Ella le dio un beso sonoro:
- Anda, calla, Ángel Eléctrico, que me muero de hambre...

Olivia

22-septiembre-2008

A un ángel eléctrico

A los que se encuentran casualmente



Y de telón de fondo Soda Stéreo:



(fuente: youtube)

5 comentarios:

  1. Melibea, es el cuento que más me gustó de todos los que publicaste en este blog.
    me emocionó mucho, me encanta
    te mando un beso

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  2. Gracias, Tácito. Ya sabes que adoro escribir y aprender. Ha sido un placer narrar esta pequeña historia. Que te hayas emocionado me ilusiona mucho.

    Un abrazo y un beso enorme.

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  3. Si, es un bonito relato. También a mí me ha gustado mucho. Felicidades.

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  4. Melibea: qué composición tan poética y romántica!!!!
    qué encuentro tan sensual el de los protagonistas, y qué lindo lo relataste.
    besote

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  5. Gracias, Never y Susuru, para mí es una gran satisfacción que haya gustado, pues para mí la escritura es una manera de vivir mil existencias con la imaginación.

    Un fuerte abrazo y cuidaos.

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