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10 septiembre 2008

El puente

Cuando Alejandro cerró la cancela de la casa le obsesionaba un pesar. En realidad, llevaba pensando varios días en una idea que, si bien era consciente de que tenía que retenerla, había traspasado su nivel de autocontrol. Por eso, con el chirrido de la verja, regresó momentáneamente a la realidad palpable y saboreó un ápice de esa tranquilidad. Mas, a medida que avanzaba por la calle en dirección a la parada de autobús, volvía a ensimismarse en sus pensamientos.

La calle presentaba unas aceras irregulares con las que distraía su mirada. Las baldosas estaban gastadas, rotas o, en algunos sitios, ausentes. Además, las raíces de los árboles distribuidos a lo largo de la vía, en ocasiones, habían levantado el empedrado. Por eso, a cada tanto, cuando se fijaba en el cielo o en las casas frente a las que pasaba, sus pies tropezaban con el suelo, aunque de forma ligera.

La carretera tampoco tenía nada que envidiarle a las aceras. El barro, la gravilla, las piedras campeaban a sus anchas sobre el negro asfalto. Enormes baches obligaban a los conductores de los autos a realizar maniobras ágiles y ajenas a las normas de tránsito.

Alejandro encendió un cigarro. Aspiró el humo suavemente. Sus ojos se detuvieron en la llama. Exhaló. De nuevo miró a la acera y comenzó a tararear una canción. Esa canción acababa de cantársela a ella, como despedida de su conversación telefónica.

Hoy, se dijo, no ha sido un buen día o, al menos, lo que ha transcurrido. Y lo remató la discusión con Paula. Sin darse cuenta, las palabras que fueron brotando de su boca salían con un amargor profundo, desquiciado, anclado en un pasado que no aprendía a superar. No deseaba mostrarse así con ella, pues, en realidad, era lo único que le importaba desde hacía meses; sin embargo, vertió su soledad enfurecida en el micrófono del teléfono y la escuchó llorar.

Dos manzanas más adelante, ya se divisaba la parada de autobús. Se acercó arrastrando los pies, pues no deseaba subirse al vehículo. Había quedado con unos amigos para asistir al cumpleaños de otro en la casa de este, pero la conversación con Paula le abstraía de cualquier contacto con el mundo circundante. Se preguntaba si ella estaría bien, ya que, a pesar de la despedida cordial y bastante afectuosa, su timbre de voz denotaba tristeza.

Levantó un brazo y paró el autobús. Después de comprar el billete, se sentó al final de todo, al fondo, en un lugar alejado del resto de los usuarios. Cogió el móvil, apretó la tecla de acceso a los contactos y buscó a Paula. Durante varios segundos pensó en telefonearla, pero no lo hizo. Metió el aparato en el bolsillo y silbó la canción.

Durante el trayecto recordó varias escenas con ella, sobre todo la última, con esa luna llena. Enlazó su eterna obsesión con ese momento.

Tras media hora en ruta, se apeó del autobús. Hasta la casa había unos quince minutos. Encendió otro cigarro, pero, en esta ocasión, lo apagó a la tercera calada. Se detuvo a la altura del puente que atravesaba el río. En vez de continuar el camino previsto, giró para superar el puente e ir a la otra margen. No obstante, hacia la mitad del mismo, apoyó los codos en la barandilla y observó el reflejo de su figura y de las luces en el agua. Tarareó otra vez la canción. Levantó los ojos al cielo y atrapó la luna en su cabeza, como aquella noche. Sonrió. Había decidido por fin: agarró el móvil, pulsó las teclas y, al otro lado, oyó su voz; en ese momento, supo que no volvería a temer.


Olivia

A los que se arriesgan

5 comentarios:

  1. pobres, tanto alejandro por el miedo como paula por lo que se tiene que bancar.
    un beso

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  2. hola!!! acabo de dejar in post dedicado a ti.
    besos.

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  3. Bien sé que sois arriesgada, Melibea, pero el riesgo hay que medirlo, de lo contrario podría convertirse en desatino. Besos.

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  4. Es la magia que tienen los puentes: unir orillas separadas. La magia de los que se atreven a cruzarlos

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  5. Gracias por visitarme, de verdad.

    Tácito, Alejandro y Paula están construyendo una historia que no saben ni ellos dónde deparará, pero, ante todo, creo que merece la pena probar.

    Su, gracias por el post, de verdad.

    Never, ya sé que lo tuyo es lo práctico y me quedo con el consejo, por si me es útil.

    Doctor, en tu medicina de la vida y de la muerte también hay puentes y bien dispares. Considero como tú que hay que ser valientes y unir márgenes, pues en la persecución de la unión reside el hallazgo.

    Un abrazo para todos. Cuidaos.

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