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25 octubre 2008

De Argentina y desórdenes varios: la lluvia en San Martín

Cuando llueve solemos entrar en un estado melancólico, como si cada gota de agua nos trajera recuerdos cargados de una suave tristeza. Este no es mi caso hoy, pues luce un sol excelente; sin embargo, una conversación de ayer y "Erster Akt Einleitung" (el preludio con el que comienza Tristan und Isolde de Wagner), escuchado ahora, me invitan a rescatar la lluvia argentina.

La lluvia de San Martín de los Andes bañó un paseo nocturno por la localidad. Tras una mañana y una excelente comida en una cabaña-restaurante de El Lago Meliquina (ni que decir tiene que de tanta carne argenta tuve que almorzar unas lentejas, porque mi cuerpo ya no daba para más proteínas), estuvimos pasando la tarde por las calles y los comercios de San Martín. Cerca de la hora de cenar, mi compañero de aventuras y yo decidimos caminar bajo la lluvia, pues el frescor invitaba a ello. Debido a la intensidad del aguacero, compramos un paraguas en una tienda de esas que venden de todo: recuerdos del viaje, comida, periódicos, postales, juguetes, ropa,...

La lona granate del paraguas nos cubrió en parte de la fuerza de la lluvia. Cita inexcusable fue la escultura de José de San Martín que presidía una plaza, apenas iluminada, de ahí que las fotos obtenidas retratasen más bien las gotas del cielo que al héroe nacional. Además de detenernos allí, rodeamos la población por sus avenidas más importantes hasta que nuestros pies, caprichosos, nos condujeron al lago, muy cerca de donde se ubicaba nuestra cabaña de hospedaje.


En el lago había un embarcadero que se percibía ligeramente por la oscuridad del entorno, carente de iluminación al hallarse en obras. Nos refugiamos bajo la madera de su porche y nos sentamos en un banco. En aquel lugar conversamos acerca del pasado, con las ropas harto empapadas. En medio de la memoria surgió un policía del lago que se se aproximaba entre la negrura del camino hasta el muelle. Mi compañero de aventuras le pidió que nos sacara una foto (menos mal, porque si hacemos caso de mi timidez...), captura de un pasado que congeló otro.

Rato después, como estaba aterida, abandonamos el atracadero y entramos en una cafetería que se vislumbaba desde allí. Nos pedimos dos cafés y continuamos hablando de aquello que el itinerario cerebral nos presentaba. Recuerdo el calor que desprendía un radiador situado tras nuestras sillas, el aroma de los cafés y las inevitables sonrisas.



A la lluvia y al compañero de aventuras

2 comentarios:

  1. Ahhh, qué hermosa ciudad San Martín, tengo la suerte de conocerla en invierno y en verano, hay un dato curioso, por pura casualidad, fui a san martin una vez cada cinco años, lo q de por sí no significa nada, pero es loco, aunque la ultima vez fue la mejor de todass.
    besos

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  2. ahora llueve por aquí y me encuentro con este post y hasta el aroma al café impregna mi sentir, el color granate del paraguas te lo cambio por unas cerezas y el calor de la estufa, en este momento me animo a proponerte un trueque de abrazos, tanto o más c´´alidos que esos leños.
    Maravillosa mi Patagonia y mi país

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