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25 noviembre 2008

De Argentina y desórdenes varios: Cataratas de Iguazú (II parte: Circuitos Superior e Inferior)

Después de asombrarnos ante la inmensidad de la Garganta del Diablo, regresamos a la estación del mismo nombre. Allí, sentados en un banco, esperamos un rato mientras charlábamos animadamente. La hora de almorzar se había cumplido hacía tiempo, así que nos sentamos en una de las terrazas que el parque ofrecía. Después continuamos el paseo.

Ya en el Circuito Superior, comenzamos por el Salto Dos Hermanas, seguido del de Bossetti, Bernabé Méndez y Mbigua. Por las pasarelas nos cruzábamos con gente de nacionalidades diversas. Escuchar distintos acentos argentinos, mezclados con las lenguas de habitantes internacionales siempre resulta curioso y enriquece cualquier viaje. En esos momentos, pensé en qué debían de sentir los demás al escuchar mi voz acompañada por la de tres argentos alegres y traviesos. Incluso, en un encuentro repetido, una mujer me solicitó que la fotografiase con su amiga mediante un cálido acento del sur de América.


Una vez concluído este circuito, nos dirigimos al Inferior, en el que destaca el Salto Álvar Núñez, el descubridor de estas cataratas (personaje curioso donde los haya). Durante esas subidas y bajadas, el cielo ya amenaza una copiosa lluvia, a pesar de que nos mostrábamos indiferentes ante tal hecho.

En esta parte del parque, la Isla de San Martín se apreciaba perfectamente. Ese día estaba cerrada a las visitas, quizás por el tiempo o quizás por alguna cuestión de seguridad. Ya sea por una cosa o por otra, esto no impidió imaginarme una escapadita hasta el islote y, aunque esto no pudo ser, sí nos montamos en una lancha que nos acercó hasta las columnas gigantescas de agua. La propuesta vino de parte de nuestros cicerones, quienes en otra ocasión ya habían disfrutado de esto. Así hicimos.

Con los impermeables bien puestos- incluso hasta los ojos- y con una sonrisa algo infantil, embarcamos en un bote con motor. El viento agitaba la embarcación y nos azotaba el oleaje. La sensación era agradable, aunque la temperatura había descendido. Irremediablemente, el aire jugó con las capuchas y los envites de las olas nos empaparon. Para acabar completamente mojados el conductor de la lancha nos situó muy cerca de algunos de los saltos, con lo que, cuando bajamos del barquito, con cada pisada se escapaba un tanto del Iguazú.

Pero la aventura de ese día no acabó ahí. Tras ascender hasta donde descansaban nuestros cicerones, emprendimos el regreso al coche, que estaba aparcado fuera del recinto, en una explanada preparada para tal efecto. Sin embargo, de camino, se desató una tormenta que a nosotros no nos afectó, pues estábamos más húmedos que si hubiéramos nadado en el río, pero a nuestros guías sí, de tal manera que terminamos cambiándonos de ropa en un servicio, cantando "Brazil" y contando chistes relacionados con nuestra situación. Mas, antes de eso, tuvimos tiempo de perdernos por el parque; de cruzarnos con unos japoneses que, ciertamente, tenían una cara de desorientación más pronunciada que la nuestra; y de implorar a Zeus una tregua en su aguacero.

Como cierre de la jornada, cenamos en Puerto de Iguazú un asado espectacular, acompañado de un vino tinto excelente que me recordó a los de mi ribera dorada. ¿Acaso existe otra forma mejor de cerrar un episodio?


A nuestros cicerones y a mi compañero de aventuras

Continuación

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