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07 noviembre 2008

"El espejo"

Cuando Enrique se despertó esa mañana con los ojos cansados, miró el despertador de la mesita de noche: las cuatro de la madrugada. Suspiró. Necesitaba urgentemente un café para espabilarse, pues su tío le iría a buscar a casa en breve para abrir el kiosko. Se incorporó de la cama con lentitud, ya que apenas era consciente de sus actos. El sopor le pesaba hasta en los hombros. Se miró los pies y buscó las zapatillas de estar en casa. Tuvo que agacharse para encontrarlas bajo la cama. Se puso de pie, buscó la ropa que había preparado la noche antes sobre la silla, se vistió y fue al lavabo. En el aseo se miró al espejo y sonrió: a su mente vino aquella imagen que evocaba diariamente. Después de refrescarse la cara y de comprobar que la toalla que usó la noche antes para bañarse estaba seca, salió del baño, agarró de la mesita las llaves, el móvil y el paquete de cigarros y fue a desayunar.

Durante el desayuno procuraba mantener los ojos
abiertos. De vez en cuando miraba la televisión, que encendía para oír las noticias de primeras horas. Ese día hablaban de la visita al Viejo Continente de un dirigente americano. Eso, en cierta manera, mantuvo su atención, pues muchas veces ella le había relatado recorridos por la ciudad en la que se encontraban ambos presidentes, el del país visitante y el del país visitado. Volvió a sonreír. De hecho, había olvidado aquellos días en los que no esbozaba una sonrisa. De repente, tocaron suavente a la puerta con los nudillos. Había llegado su tío. Dejó la taza en la pila, abrió la puerta de la calle y le avisó de que le esperase lo justo para lavarse los dientes.

Una vez en el coche, su tío le contó que durante la noche unos gamberros habían estropeado parte del negocio con unas piedras. Estaba malhumorado y triste, pero Enrique consiguió hacerle reír con sus expresiones a mitad de camino entre la invención y la incorrección.


Desde la casa de Enrique al kiosko había cerca de cuarenta minutos de trayecto. En ese tiempo, casi siempre, mantenían la misma rutina: la radio de fondo, un par o tres de conversaciones cotidianas y el sueño reparador de Enrique hasta la estación donde trabajaban. Una de las cosas que más le gustaba de ese recorrido era ver el amanecer, los rayos de sol que comenzaban
a proporcionar matices luminosos a las edificaciones. Entonces solía pensar en si ella vería un sol parecido al suyo o, en cambio, observaría un cielo distinto.

Desde que aparcaban el auto hasta que llegaban al kiosco, pasaban por distintos negocios y veían a personas diferentes con las que Enrique ya había mantenido algún que otro diálogo peculiar. Uno a uno se iban
saludando todos y se deseaban una buena jornada de trabajo. Él, con el cigarro en la mano derecha, apuraba las últimas caladas antes de abrir el negocio y de colocar las revistas, los periódicos, los coleccionables... A continuación, con las manos llenas de tinta, se acercaba a un aseo próximo al negocio, donde se lavaba y volvía a mirarse en el espejo para que esa imagen volviera a su mente. De nuevo, sonrió y con esa sonrisa se acercó a su tío para animarle por los desperfectos sufridos. Al fondo, una mujer se aproximaba. Fue la primera cliente del día.

Olivia

Zamora, 3 de noviembre de 2008

A ti y al Gremio Canillita



(fuente de la fotografía: www.innovationsinnewspapers.com)

4 comentarios:

  1. Al fin puedo comentar!!!
    che que garronazo el de este pibe, levantarse a las cuatro d la matuna y trasca enterarse d q le rompieron el boliche...
    Muy bueno el cuento, posta
    besos

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  2. Jaime Ross y Canario Luna: "El grito del canilla". Estos intérpretes uruguayos me estremecen cantando este tema dedicado a los canillitas. No sé si lo conoces.
    Por otra parte el cuento me dejó un sabor de nostalgia y de magia.
    Siguen existiendo los canillitas en España?
    besote

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  3. Siempre me gustó esa mística barrial del canillita, con el mate, charlando con los vecinos.

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  4. Que tristeza puede inspirar un personaje que en el cumulo de la multitud oculta su melancólia, su soledad, su miedo a un amanecer que en sus narices esta tan lejos que no puede alcanzar.
    Y bue le tenía que dar un toque mas depre a los comentarios, jajaja. Muy lindo el relato. un beso!!

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