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14 diciembre 2008

De Argentina y desórdenes varios: Bienvenidos a Rafael Calzada

Varias imágenes de Argentina atesoro en la memoria. Por eso, deseo fijarme en Rafael Calzada en esta tarde de nieve, porque fue allí donde empezó casi todo.

Vi por primera vez Rafael Calzada a través de internet. Leí acerca de esta localidad en páginas web que me indicó mi compañer
o de aventuras. Si bien, a simple vista, resulta otra población del sur de Buenos Aires, a mí me atrajo desde ese día en el que, a través de Google Maps, viajé hasta esta ciudad fundada en 1909 por un médico ovetense republicano que emigró al Nuevo Mundo. La razón fundamental por la que le tengo un especial cariño es por sus habitantes.

Caminamos
por Rafael Calzada aprovechando los días de diario: unas personas compraban en las tiendas; otras charlaban en la calle; alguna arrancaba el coche; otra leía el periódico apoyada en la pared de un local; unos niños se dirigían de vuelta a casa con el balón bajo el brazo; unas niñas reían por algún motivo que no escuchamos; un perro, errabundo, miraba tranquilo antes de cruzar la calzada... Así, en esas escenas de costumbres, paladeaba la cotidianidad comprando facturas, entrando en una farmacia para solicitar un medicamento, subiendo a un bondi para llegar a Adrogué, saludando a un vigilante de la zona, saltando un charco, mirando el cielo nublado, asombrándome por el parque automovilístico, bajándome de un remis, cerrando la cancela de la verja,... y mirando a la Luna desde el patio de una vivienda en un día despejado.

Son estampas, estampas de gente que se cruzaba unos instantes conmigo o , por el contrario, con la que compartí horas gratas. En esas horas, el mate, el café, el refresco, la cerveza, el agua o el vino humedecieron nuestros labios cuando conversábamos en la habitación de un amigo de mi compañero de aventuras, en el salón de una familia encantadora, en la cocina de mi querida anfitriona de Rafael Calzada, en un garaje durante varias celebraciones, en un dormitorio mientras armábamos una valija, etc.. Son instantáneas de un enorme valor emocional que no cambiaría por ningún paisaje natural.


A Rafael Calzada y, sobre todo, a sus habitantes, especialmente a mi compañero de aventuras, su familia y amigos.

4 comentarios:

  1. Querida Meli!!! describes esta localidad y me identifico con sus habitantes, con esas costumbres de barrio tranqui, que no es lo mismo que hablar del centro de Buenos Aires, caótico y loco, con todo el mundo acelerado.
    Si supieras que ricas estaban las empanadas y la pizza a la parrilla que saboree ayer a la noche, no hacia el sur, sino hacia el oeste de mi Buenos Aires, y hoy te traigo un poco de ese calorcito que se armó al lado de las brasas crepitantes mientras conversábamos acerca de que menú prepararíamos para las fiestas.
    Como al mediodía estuve comiendo con chilenos, amantes de Neruda, de Isla Negra y alrededores, que no dejaron de alabar la langista chilena, estoy con antojo de langosta!!!!!....que siempre quise comer y nunca probé, y ahora con la crisis, la inflación y con precios altísimos, se me ocurren locuras gastronómicas...

    Te conté alguna vez que por motivos laborales viví cerca del mar y trabajé en una empresa con capotales vascos????

    Pues cuando nos visitaban ellos, me daba una gran panzada de besugos a la parrila que me chupaba los dedos.
    Pero el día que anunciaron el gran manjar: cocochas con salsa verde, lamentablemente mi apetito se desvaneció.

    Ven a visitarme, tendrás alimento caliente para la panza y el espíritu........

    me voy antes que la nieve tape mi jet...byeeeeeeeeeee

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  2. Cuando sea grande quiero vivir en Rafael Calzada.
    y vos?
    besos

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  3. ¡Hola, queridos!

    La verdad es que Rafel Calzada es una gran ciudad. Un día me enfadé con alguien que la criticó porque la comparaba con Capital. Ciertamente, resulta algo ilógico asemejar una ciudad a otra, puesto que ni su historia ni las atribuciones económicas que reciben son similares. Pero, bueno, hay gente que valora los lugares por su cantidad y no por su calidad.

    Estuve un tiempo viviendo cerca de Madrid. Cada poco iba a la capital del Estado y esto me provocaba sentimientos contradictorios: por un lado, me gustaba sentirme anónima y gozar de su oferta cultural; por otro, notaba que la ciudad me restaba vida y paciencia en los desplazamientos. Las ciudades pequeñas tienen un encanto que he apreciado con los años. Cuando era una adolescente, tan solo soñaba con abandonar mi localidad, pues, al tener pocos habitantes, eso me ahogaba. En cambio, cada vez que regreso, la disfruto más y mejor.

    Hablando de pescaditos..., me comí una lubina bien rica el sábado. ¡Qué bien cocina el chef y su "ayudanta"! Creo que no me invitarán más si termino con sus existencias de esta forma. Un beso para ellos.

    Cuídate, Su.

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  4. Tácito, ojalá puedas vivir en Rafael Calzada de mayor. Sería un golazo. Ponele... Ponele... Bueno, dejémoslo ahí, que tengo ya al dragón esperándome en la terraza de casa. No veas cómo me pone la barandilla de negra por las bocanadas de fuego que expulsa. En fin, el otro día tuve que regañarlo, pero, claro, como es un sol y no se queja de la dieta vegetariana que le he puesto, me dio penita y le levanté el castigo.

    Al final, ¿venís también vos de aventura con nosotros? Yo he puesto montura también para ti.

    Muchos besos, guapo, y sé feliz!

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