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25 febrero 2009

La plaza de garaje

No lo soportaba más. La vieja era odiosa. Aquella mañana, como otras mañanas desde hacía varias semanas, acudí, infructuosamente, a su casa para pagarle el alquiler de la plaza de garaje. Toqué el timbre reiteradas veces y nada. Incluso llamé a otros pisos, dudando ya si la anciana habitaba otro inmueble y no aquel. Me desesperaba tanto esa situación que, de regreso a mi casa, me fumé varios cigarros con el rostro subrayado por mis cejas enarcadas y mordiéndome un rato sí y otro no los labios.

Por la tarde de ese mismo día quedé con una amiga para tomar unas cervezas y charlar de lo divino y de lo humano (en realidad, lo humano siempre le interesó más a ella y a mí lo divino). Después de la segunda caña, se me ocurrió llamar a la vieja. No era la primera vez que intentaba localizarla a través del teléfono; es más, había resultado imposible mediante este aparato, ya que la anciana estaba teniente y sin soldados a su cargo. Milagrosamente, contestó al otro lado del cable y accedí a acercarme en unos minutos hasta su vivienda para pagarle. Mi amiga, que conocía la maldita historia, me aseguró que me esperaría pacientemente en el bar.

El recorrido hasta la casa de la señora Desideria apenas suponía diez minutos andando a paso ligero. Durante el trayecto comencé a indignarme al recordar las palabras de la vieja. La muy insoportable me perjuraba que apenas salía de su casa y que oía perfectamente el timbre del teléfono desde cualquier punto de su piso. Yo rumiaba por lo bajo sus palabras y, con la mano en el bolsillo derecho del pantalón, arrugaba los billetes del pago.

Ya en el portal me tocó pulsar tres veces el timbre, pues la mujer estaba más sorda que una tapia. Subí al segundo piso y la puerta se hallaba entreabierta. Escuché su voz aguda y desagradable. Nada más saludarla inició la retahíla de sucesos acontecidos en su ámbito familiar y social desde la última vez que nos habíamos visto. Era increíble su capacidad para convertir el diálogo en un irritante soliloquio monótono e interminable. Armada de cierto valor, intenté interrumpirla sin éxito, lo cual, a medida que observaba que las agujas del reloj avanzaban inexorablemente, me exasperaba, me sacaba de mis casillas, me enfermaba. Hubo un momento en que creí abstraerme, pero la presencia de un cenicero, que me agravaba las ganas de fumar, me devolvió a la repugnante realidad. Del cenicero a su boca abyecta; de su boca abyecta al cenicero; así se movían mis ojos a la par que mis oídos se llenaban de su verborrea.

De repente, la anciana se calló. Aproveché ese instante para entregarle el dinero y el recibí. Entonces, comenzó su perorata de nuevo, pues había recordado una estupidez asociada con una cuenta suya en una caja de ahorros. Estuve de pie una eternidad, sin poder quitarme de la cabeza su asquerosa boca desdendata y el cenicero carente de estética. Por un momento, sentí que el aire me faltaba y que mis oídos se taponaban. Quise salir de allí. Me dirigí deprisa a la puerta de entrada de la casa. La señora Desideria me seguía a escasos pasos sin cesar de hablar. Permanecí quieta en el zaguán, esperando que la vieja abriera la puerta, pues me resultaba de mala educación retirar yo los cerrojos que ella había echado antes. Mas la estúpida no me abría, por lo que, finalmente, regresé al salón para sentarme en el sofá del todo mareada. La anciana, sin embargo, no se percató de mi estado y se sentó en el sillón contiguo para parlotear sin compasión.

- ¡Cállese ya!- grité de repente-. ¡Cállese, maldita vieja!- y le golpeé la cabeza violentamente con el cenicero una y otra vez, una y otra vez, hasta olvidarme del número de veces. Al principio, la vieja soltó un aullido de sopresa, pero enseguida llegó el silencio. El hermoso silencio. Tan solo se escuchaban los golpes contra el cráneo y mi respiración desbocada. Una sensación placentera me embriagó. Me senté otra vez en el sillón, empapada de sangre. Encendí un cigarro, cuyas cenizas deposité en el resistente cenicero. El dinero y el recibí se habían caído en el suelo. Los recogí y los metí en la boca del cadáver. A continuación telefoneé a mi amiga para excusarme con un pretexto banal, pero convincente. Sonreí. En la frente de la vieja había quedado grabado parcialmente la leyenda del cenicero: "Recuerdo de esta bella tierra".

Olivia

Ciudad Real, 25 de febrero de 2009

6 comentarios:

  1. Un cuento espantoso. Me recuerda algo.

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  2. Tal vez llegue el día en el que me vea obligado a utilizar un cenizero, pero no será físico, sino de forma metafórica, la palabra para mí tiene más valor que el acto.

    Precioso relato de nuevo, aunque con un final característico realista.

    Besos Oli!!

    .Gs.

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  3. hay viejas....hay ceniceros...hay garages...hay recuerdos que son necesario enterrarlos, aunque haya que matar al personaje.

    besotes, guapa!!!

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  4. ¡Hola a todos! Este relato es un homenaje al autor de Crimen y castigo, pues el asesinato de la vieja me llevó a este otro, por supuesto, ficticio (jeje, Gus, mira que eres lírico).

    Besos para los tres y gracias por leerme.

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  5. Por un momento me sentí el protagonista, sentí esas ganas irrebocables de hacerla "callar"... pero pensé en cosas como salir corriendo, decirle que estaba apurado, fingir una llamada telefónica... no imaginé que puediera matarla :S

    Bien logrado y bastante sorpresivo... al menos para mí.

    Siempre un gusto Oli, muy bueno!

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  6. Gracias, Lionel, un gusto que vengas a verme. Bueno, la pobre protagonista ya acumulaba muchos días como aquel en sus espaldas, quizás por eso decidió "cortar por lo sano" (jeje).

    Muchas gracias, de verdad. Cuídate. Besos

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