Actualmente escribo en oliviavicente.com. No obstante, el lector es bienvenido a este espacio y, por tanto, sus comentarios y sugerencias serán tenidos en cuenta.

20 julio 2009

Soledad

Soledad terminó la carrera de Publicidad con bastante éxito, ya que obtuvo varias matrículas, muchos sobresalientes y escasos notables en sus calificaciones. Por ello, nada más licenciarse, una empresa de proyección internacional se puso en contacto con ella para que trabajase en una sede fuera del país. Ella, sin pensárselo, aceptó, pues siempre le había agradado la idea de viajar, de conocer mundo y retenerlo en fotografías con su cámara. De este modo, hizo su primera maleta, lo cual se convirtió en símbolo de los muchos trayectos que seguirían a partir de entonces.

Con el paso de los años, Soledad llegó a detestar su profesión, ya que sentía que su cometido era convencer a la gente de la necesidad de comprar productos innecesarios. De hecho, muchas veces, cuando se tomaba un café doble en la cafetería del hotel correspondiente, charlando con cualquier persona que se encontraba, repetía que su
modus vivendi satisfacía las frustraciones de su padre. Esto se convirtió en una perorata eterna en sus momentos de soledad.

Un día, mientras almorzaba en un restaurante en la Plaza San Marcos de Venecia, se sentó a su lado un hombre:

-
Scusi...- comenzó en un acento italiano forzado.

Pronto Soledad descubrió que la nacionalidad del desconocido era argentina. Como ella había visitado más de una vez aquel país, comenzaron a charlar sobre sus costumbres. Iban de una conversación a otra, hasta que desembocaron en la profesión de cada uno de ellos. Soledad se sorprendió del hecho de que Ricardo- ese era su nombre- no tuviera un trabajo fijo; simplemente, trabajaba para conseguir dinero y de ese modo viajar. En cambio, Ricardo se sintió atraído por la profesión de ella, ya que algunos de los anuncios más importantes que se emitían habían sido diseñados por el equipo de Soledad.

A la noche decidieron cenar juntos en la vieja casa de una cocinera encantadora, donde Soledad solía ir cada vez que se hospedaba en Venecia. Ya en el postre, Ricardo le comentó que se quedaría tan sólo un par de días más, pues tenía que regresar a su país. Esa noticia entristeció a Soledad, con una melancolía inusitada, ya que durante todo el tiempo que habían compartido se había sentido tranquila y feliz, incluso se había olvidado de un sentimiento de abandono que arrastraba desde la niñez. Como única respuesta a ese anuncio, Soledad pidió un par de copas de
Fernet e intentó concentrarse en disfrutar esa velada.

A la mañana siguiente, la voz de Ricardo cantando la despertó. Él se acercó a la cama y la saludó con un
buen día susurrado. Entonces Soledad comprendió una terrible verdad que se había ocultado a sí misma: durante toda su vida, desde la infancia hasta ese momento, no había experimentado la felicidad. "Cuarenta y cinco años de desamparo, de negación de mí misma", murmuró.

En la Avenida San Martín de una ciudad al sur de Buenos Aires, Soledad cuenta con cierta repetición obsesiva cómo decidió abrir un pequeño negocio de comidas. Incluso Ricardo bromea con los parroquianos sobre los estragos de la edad. El establecimiento está adornado con fotografías realizadas en diferentes lugares del mundo; sin embargo, justo en el centro de la pared principal, hay una de mayor tamaño que muestra el cartel de la casa de comidas donde cenaron por primera vez.


Olivia Vicente

19 de julio de 2009

A los que se equivocan y rectifican


Este relato ha sido elaborado siguiendo unas premisas establecidas por un juego en el blog de Susuru.

3 comentarios:

  1. Maravilloso relato!!! tan encantador como vos misma. Y vengo a agradecer tu participación personalmente.

    Mañana entregaré los regalos.

    besazo

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  2. puedes pasar a retirar tu regalo en mi blog.
    FELIZ DÍA DEL AMIGO!!!
    besos

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  3. Gracias, Susuru, por contar conmigo para tu juego. Un beso

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