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20 junio 2011

Paseos por el Mediterráneo

El mar en Calpe
Cuando uno busca en un viaje cumplir un viejo sueño, hay muchas ilusiones que se dibujan en el corazón y que se mezclan con la realidad. Por eso, el Mediterráneo, nuestra meta, fue para nosotros una especie de bellocino que debíamos atrapar.

Durante el trayecto en carretera, las siluetas de los altos castillos se bañaban con el sol ardiente de junio. Ese manto blanquecino teñía las aridez de algunas montañas, las cuales mostraban, tímidas, perezosos atisbos de vegetación.

La Alcazaba de Alicante
De esa inmensidad seca nacía el sordo deseo de apreciar, si quiera un instante, parte de la belleza del mar. Por eso, a medida que recorríamos unos cuantos kilómetros, buscábamos la línea líquida en el horizonte.

Ya en la ciudad, cansados pero ansiosos, abandonamos nuestras pertenencias en la habitación y recorrimos, bajo las palmeras del paseo marítimo, los escasos metros que nos separaban del arenal.

Recuerdo, como si se tratase de un sueño, la sonrisa en su boca. Estiraba y tendía los dedos por la superficie del agua, mientras con los pies levantaba con suavidad la arena del fondo. Estuvo así unos minutos hasta que, por fin, se aclimató a la diferencia de temperatura y se zambulló entre las olas.

Al fondo, en lo más alto, vigilándonos, nos miraba la Alcazaba. No sé él, pero yo me sentí de una niñez desconocida. Castillo, mar y sueños; toda esa mezcla que siempre ha existido entre nosotros trazó un cuento vital.
Altea

El resto de los días (o de las horas, como quiera verse) continuamos atentos a los matices. En Altea percibimos el encanto de las famosas casas blancas del Mediterráneo. En Calpe, medusas mediante, impregnamos nuestros cuerpos de la frescura del agua, bajo el interminable peñón. Y en Jávea descansamos la mirada en los colores de las flores. Estos impulsos visuales, sonoros y táctiles ahora los extraño.

Él y yo ahora somos un átomo de la luz y la armonía del mar Mediterráneo.

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