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08 julio 2011

El aroma de las calles desdibujadas

Los paraísos visuales no siempre pertenecen a la belleza estética. Esa idea es la que me está acompañando estos días cuando, ya de día o ya de noche, recorremos imágenes urbanas de distintas localidades.

Por ejemplo, ¿alguna vez has trazado una línea ficticia entre dos puntos que, realmente, desconoces? Me refiero al hecho de pensar en realidades que se superponen a los caprichos de la imaginación. De esta manera, ayer mismo contemplaba a través de la ventana de un autobús urbano una cinta de 8 mm que se estiraba adelante a la par que los ojos. Esa fue la línea imaginaria que, a pesar de su tremenda expresión material, yo enlazaba con recuerdos y con historias literarias.

En esos momentos reflexioné sobre el concepto de belleza, pues el caos de las calles, sus rotas calzadas, los árboles dispersos, las personas arraigadas a las aceras y el gris húmedo del invierno me alegraron con los matices que me llevé de las últimas impresiones de la amarillenta Castilla. Todo esto mezclado, la vigencia de dos tierras, me invita a llenarme de una literatura de color que, si quizás no existe en la materialiadad, eso no me importa, ya que, como otros pensaron mejor, tal vez sea más cierta la propia sugerencia que la sensibilidad.

Hoy, esa belleza próxima al desencanto ha atrapado mis palabras. A la noche, cuando se abra el cielo de los cuentos que un día escuché desde su acento, respiraré el aroma de las creaciones; ese aroma en el que las calles desdibujadas, con viviendas desprovistas de la armonía de la riqueza, escriben los sueños de la madrugada.

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