Actualmente escribo en oliviavicente.com. No obstante, el lector es bienvenido a este espacio y, por tanto, sus comentarios y sugerencias serán tenidos en cuenta.

17 julio 2011

El Once babilónico

Congreso de la Nación
Hoy estuve paseando por el barrio de Once, esta vez acompañada por otra compañera habitual de nuestras aventuras por Argentina. Antes de llegar a dicho barrio, comimos en La Moncloa, un restobar que me recordaba, por el nombre, a un edificio de gran peso en mi país. Ya la misma comida (wok de verduras con ternera y pollo) se asemejaba a una premonición de ambientes y de culturas que más tarde veríamos sin metáforas.

Cartel con la imagen de Perón
Desde el restaurante proseguimos caminando hacia el Congreso. Este edificio preside Callao y despide Entre Ríos con una majestuosidad que recuerda a los monumentos europeos, pero a los que nada tiene que envidiarles, quizás tan sólo el mimo y la inversión necesarios para su conservación. En ese trayecto, un cartel de Perón insistía en que la ciudad por la que paseábamos no era, por ejemplo, ni París ni Madrid, a pesar de que parte de las imágenes que capturé con la cámara bien podrían engañarme.
Interior de una tienda de abalorios

Zapaterías, sex-shops, maxi-kioscos, cafés-teatro, verdulerías, tiendas de moda sobre tango o de novias... Distintos matices florecían a lo largo de Corrientes, campo silvestre donde se siente la agitación previa de Once.

Sinagoga
En Once la identidad es la ausencia de uniformidad, de tal forma que, junto a una sinagoga, hay una frutería y, frente a esta, una serie de tiendas que venden abalorios de colores vistosos y materiales variados; más adelante, un hombre vende discos vinilos y muñecas de segunda mano al costado de la acera, mientras a pocos metros un supermercado chino ofrece productos a bajo precio. Pero lo más sorprendente no es la existencia de estos sitios, sino su presencia al lado de edificios antiguos, algunos abandonados, que en otras ciudades formarían un casco antiguo consolidado. Ese abandono muestra en estado bruto el paso de tiempo en las edificaciones, sin pudor. Mas, por otro lado, todo ello convierte en nostálgico el paseo, porque esas estampas de precioso valor se vulgarizan entre plásticos, cuerdas sintéticas y sueños de bisutería.

Tras recorrer unas cuentas calles de Once, emprendimos el regreso. Aunque intentamos volver en metro, debido a las colas buscamos una combi junto al teatro Colón. Una combi es una furgoneta que sirve para el transporte de pasajeros y cuyos horarios y paradas no están tan reglados como los de un autobús urbano. Resultó divertida la locura del tráfico y, en más de una ocasión, pensé que las maniobras del conductor eran imposibles por la densidad de vehículos que ocupaban la que se cree que es la avenida más ancha del mundo. Esa fue la despedida de otra aventura más en Argentina, el país donde lo cotidiano adquiere la belleza de la épica.

2 comentarios: